domingo, 7 de diciembre de 2008

Azalea


Según sus amistades, Azalea era una persona incapaz de amar y de ser amada, de carácter impulsivo, decían que nunca sabían como podía reaccionar, que era dura de mollera y sobretodo rara. Aún así no podían evitar quererla pues Azalea emitía un magnetismo difícil de pasar por alto. Durante años ella había soportado todas estas críticas, ¿positivas?, sin comentar nada al respecto. Pero para sus adentros no paraba de hacerse una pregunta tras otra. Sobresalía por encima del torrente interrogativo una sola, la que más le preocupaba y la única que compartía con sus amigos:

¿Por qué era nula para el amor?. En su mente repasaba una y otra vez todas sus relaciones más allá de la amistad con el sexo opuesto. Todas habían sido un desastre. Pero, ¿qué relación no lo era?. ¿Era culpa suya que todas fueran un desastre?. Hubo una época en la que la bautizaron como “la rompe-corazones”. Nunca le gustó ese complemento para su persona. El amor se acaba. Era un hecho. Y si el amor desaparecía en una pareja, ¿qué sentido tenía prolongar la relación?. Eso no era ser mala, bruja o rompe-corazones. Eso se llamaba realidad. Nada más que realidad. Además, las opiniones que se forjan fuera del ámbito de la pareja nunca son del todo ciertas. Azalea lo sabía porque la gente siempre intentaba aparentar lo que no es. Y ella nunca estuvo dispuesta a pasar por falsa. Le gustaba ser directa y clara y por contrapartida que los demás también lo fueran. ¿Acaso significaba que por eso era dura?, ¿o lo que sucedía era que ninguno de sus novios había estado a la altura?.
Muchas veces llegó a la conclusión que, en realidad, sus amigos no la conocían. Ella creía en el amor. Sabía que ahí fuera había alguien que encajaba a la perfección con su persona. Todo era cuestión de buscar o de esperar a que él la encontrase. A veces parecía que la perfecta media naranja llegaba a su vida. Digo parecía porque al final siempre se acaba descubriendo lo que hay dentro del pastel. Y si ella había visto chocolate y luego resultaba que era nata se desilusionaba por completo. A lo mejor lo que sucedía era que elegía mal o que ellos habían visto nata cuando ella ofrecía chocolate. Incluso alguien una vez le dijo que le había engañado. Que no era lo que él creía. A lo que ella respondió: “la cara no es el espejo del alma”. Azalea no creía en el amor a primera vista, tampoco pensaba que el amor se fuera forjando a través de los años y las múltiples batallas. El amor no era una espada. A lo mejor su problema radicaba en que era exigente, que ponía un listón muy alto, no solo para llegar a ella sino también para mantener la chispa encendida a lo largo del tiempo.
Ahora se daba cuenta de que era ella la que los elegía y no al inverso pues, que ella recordara, solo uno logró pasar el listón para abordarla y llevarla a mar abierto. Solo uno profundizó en su alma, verificando que todo lo que le decían los demás que era cuento de hadas, en verdad existía. Pero cuando llegó el caballero de flamante armadura a Azalea no se le ocurrió otra cosa que ponerlo a prueba una y otra vez. ¿Por desconfianza?. ¿Miedo, tal vez?. Puede que la insondable mujer tuviera un corazón de niña asustada al cual protegía con tanto recelo que ni siquiera se atreviera a cogerlo en mano y entregárselo con toda la naturalidad del mundo a quien la adoraba por encima de todo. O puede que ella viera lo mismo bajo la armadura de él y por eso no confiara.
A pesar de todo, Azalea intentó ser feliz y que él también lo fuera, apartando a un lado los fantasmas del pasado de ambos. Craso error. Con el paso del tiempo los dichosos fantasmas atacaron una y otra vez. Y la tozudez de ambos crecía a la misma velocidad que sus corazas emocionales. A Azalea se le partía el alma al ver lo incapaz que era de entregarse por completo, de dejarse caer en sus brazos. Y entonces se acordó de las opiniones de sus amigos. Era verdad que tenía un problema, pero no tenía nada que ver con amar, pues ella había amado mucho más profunda y ciegamente de lo que ellos jamás entenderían. Su problema radicaba en el miedo. Miedo a que le hicieran daño. Miedo a entregarse por completo y no recibir lo mismo a cambio. Miedo a ser menos que el que caminara a su lado. Así fue como el miedo expulsó al amor de su vida.
Azalea, en vez de aprender la lección, se retorció mucho más dentro de si misma y juró que nunca más volvería a amar a otro. No se dio cuenta de que al pronunciar estas palabras estaba entregando aquello que en su momento no pudo. Su corazón sería para siempre el trofeo que, aquel que saltó el listón, merecía.